Llegó el tiempo de adornar con las nochebuenas, estas hermosas flores rojas de las que tendríamos que sentirnos orgullosos porque solo se dan de forma natural en México y parte de Guatemala. Lo curioso es que, si vas a cualquier país que no sea México, entras a un vivero y pides una nochebuena, te van a ver con extrañeza y te ven a decir: ¿una qué, señor?
La nochebuena es el 24 diciembre. Bueno, deme una planta de esas mexicanas con flores rojas, y le señalas la nochebuena, te van a decir: aaaaa ok, lo que usted quiere es una poisettia y no es mexicana, señor; su origen es estadounidense. Bueno, sí, deme una de esas ponemia o pinsenia o como sea que le diga usted. Sí, señor, aquí tiene su poinsettia.
¿De dónde rayos salió este nombre? ¿Cómo que de origen norteamericano? Vamos a subirnos a la máquina del tiempo y viajar a 1520. Los españoles andan muy felices paseando por Tenochtitlan y observan que en algunas casas cultivan unas flores muy bonitas, rojas. De pronto, se detienen a preguntar: – ¿oye chaval, cómo os llamáis vosotros a tan maja flor? A lo que les contestan: Ni xochitl itoka Cuetlaxochitl. – Joder, ¿qué ha dicho este tío? Dice que esta flor se llama Cuetlaxochitl. -Ah, genial, ese nombre sí que mola, pero es muy difícil. Después los frailes franciscanos la bautizaron como nochebuenas.
Fue tan popular la flor, que, en 1678, la llevaron a España y el palacio real fue adornado con nochebuenas y le comenzaron a llamar también flor de pascua. Bueno, flor de pascua, puede ser, pero ¿de dónde salió eso de poinsettia? Vamos de nuevo a la máquina del tiempo, esta vez a 1821 en el recién nacido México. Estados Unidos no reconoció a México como país hasta 1822 y en 1821, envió a un espía llamado Joel Roberts Poinsett para ver cómo se estaban moviendo las cosas por acá, su intención era que México le vendiera Texas a Estados Unidos, pero no lo consiguió. En 1825, Poinsett se convirtió en embajador y desde esa posición realizó varias fechorías. En 1829 terminó el periodo presidencial de Guadalupe Victoria y las elecciones las ganó el queretano Manuel Gómez Pedraza, pero este paisano nuestro, no se iba a dejar manejar por los gringos, así que Poinsett ejerció presión política en el congreso para que se desconociera al queretano presidente electo y se pusiera en su lugar a Vicente Guerrero.
Todo esto es para dar contexto de quién era Robert Poinsett. Es lógico pensar que Poinsett fuera amigo de Vicente Guerrero, quien lo invitó a su natal estado (hoy Guerrero). Poinsett se paseaba por Taxco, Guerrero, cuando le llamó la atención la abundancia de la flor de nochebuena en la región. Al señor Poinsett, se le ocurrió la idea de enviar varios ejemplares a Estados Unidos y en 1829, en una exposición en Filadelfia, se empezó a comercializar nuestra Cuetlaxochitl o nocheuena, como Poinsettia, nombre con el que fue registrada para su venta. La familia Ecke fue quien la reprodujo a gran escala en Estados Unidos, mientras que el botánico Robert Buist hizo lo mismo en Europa. Desde entonces esta planta es reconocida en todo el mundo como poinsettia. En Japón salieron más vivos y modificaron genéticamente la planta y la registraron con el nombre de “princettia”; ladrón que roba a ladrón… en fin, la flor se usa para embellecer los festejos tanto navideños como de la Virgen de Guadalupe el 12 de diciembre y será justicia divina o será el sereno, pero el señor Joel Poinsett murió justo, un 12 de diciembre, dejándonos a todo el mundo un legado por su gran descubrimiento, la flor poinsettia, originaria de los viveros gringos. ¿Será? ¿O será que solo fue un oportunista del que cada vez más personas conocen su jugada de poner su nombre a una flor que ya era bien conocida y que era bien sabido que es originaria de México. Así como Joel Roberts Poinsett, ha habido varios que se han hecho famosos por los descubrimientos de otros.
Y hablando de robos, ¿sabías que la goma de mascar o chicle como lo conocemos hoy, fue un invento de Antonio López de Santa Anna? Pero su “amigo” Thomas Adams la registró y la comercializó por todo el mundo como un invento suyo. Qué méndigo, ¿no? Pero esa es otra historia.




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