Creo en la libertad individual humana como principio rector. Reconozco que existen dilemas morales complejos —como el trato a los animales—, pero considero que las leyes deben garantizar la convivencia entre visiones distintas, no imponer una moral específica.
Las tradiciones pueden transformarse o desaparecer, pero deben hacerlo por evolución social, no por coerción moral. Y me preocupa cuando se defienden causas con criterios éticos selectivos que no se aplican de manera consistente.
No apoyo al toreo como una verdad universal; sin embargo, defiendo que en una sociedad plural nadie debe imponer su moral por ley.
Defiendo la libertad de las personas a vivir conforme a sus valores, incluso cuando no coinciden con los míos, y me preocupa cuando la ley se convierte en un instrumento para imponer una moral particular en lugar de garantizar la convivencia entre diferencias.
Defiendo que, en una sociedad plural, la convivencia no se sostiene en la uniformidad moral, sino en el respeto a la diferencia. Pensar distinto no solo es legítimo: es inevitable. Por eso, la función de la ley y del espacio público no debería ser la de imponer una visión moral única, sino la de garantizar que distintas formas de pensar, creer y vivir puedan coexistir sin anularse mutuamente.
Defender la libertad no significa estar de acuerdo con todo, sino aceptar que no todo lo que incomoda debe prohibirse. La historia demuestra que cuando una moral —por más bien intencionada que se presente— se convierte en mandato legal sin consenso amplio, el resultado no es una sociedad más justa, sino una sociedad más frágil, dividida y menos tolerante.
Los dilemas éticos existen y son complejos. El trato a los animales, las tradiciones culturales, las expresiones simbólicas y las prácticas sociales generan debates legítimos. Pero el debate se empobrece cuando se reduce a absolutos morales y se sustituye la deliberación por la imposición. Cuando una causa se coloca por encima de toda discusión, deja de ser un llamado ético y se transforma en dogma.
Entiendo que las tradiciones no son intocables, pero tampoco son prescindibles por decreto. Evolucionan, se transforman o incluso desaparecen cuando la sociedad así lo decide de manera orgánica. Lo que me preocupa no es el cuestionamiento de una práctica, sino su cancelación por la presión de una visión moral que se asume superior y busca prevalecer sin diálogo.
No trato de defender prácticas específicas ni de negar la sensibilidad frente al sufrimiento. Trato de algo más profundo: quiero defender el derecho de las personas a vivir conforme a sus valores, aun cuando no coincidan con los de otros. Quiero defender que la ley no sea un catecismo, sino un marco de convivencia.
Quiero defender que la libertad no sea selectiva.
En tiempos donde el ruido reemplaza al razonamiento y la indignación sustituye a la reflexión, sostener esta postura puede parecer incómodo. Pero es precisamente en estos momentos cuando me resulta más necesario recordar que la libertad no se defiende solo cuando coincide con mis convicciones, sino, sobre todo, cuando las desafía.
A ti amigo activista, sí, amigo activista, te tengo un par de preguntas:
¿Dónde colocas el límite entre activismo legítimo y coerción moral?
¿Cómo evitas que la empatía selectiva derive en jerarquías morales no reconocidas?
Y no, no lo planteo como una competencia entre valores. Me preocupa cuando reduces dilemas complejos a elecciones binarias. ¿Por último, crees que es sano para la convivencia pública obligar a todos a jerarquizar los valores del mismo modo?



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