La difícil alquimia ganadera
Cuando se atraviesa una etapa de transición con el concepto de bravura en la cabaña de bravo, en el fondo lo que se vive es una pugna por el predominio de unos factores sobre otros que caracterizan al toro de lidia. Si es cierto que hace más de un siglo todo quedaba circunscrito a la bravura, actualmente el debate gira entorno a una trilogía: bravura, toreabilidad y fiereza.
Lo ideal, como decía Juan Pedro Domecq Solís, último gran impulsor de estas cuestiones, radica en combinar los tres elementos en proporciones adecuadas para mantener el carácter natural del toro. Pero todos saben que se trata de una combinación con tantas variables, directas e indirectas, que aproximarse a lo ideal resulta difícil, complejo y arriesgado.
Con la situación actual que atraviesa la tauromaquia, ¿valdría la pena rescatar la bravura del toro para logar recuperar el interés del público por la fiesta brava?
Si la respuesta es sí, debemos iniciar por lo más elemental: la bravura, que es el factor genético que se transmite entre las generaciones de forma sucesiva. En la gestión de ese factor hereditario radica el gran misterio de las labores ganaderas. No se puede ocultar que se trata de un objetivo que implica grandes dificultades, porque el acierto no se conoce hasta pasados al menos cuatro a cinco años, mientras que el error tiende a subsistir con constancia.
Partiendo de ahí, algunos estudiosos han explicado que la bravura es la manifestación de un instinto; otros, en cambio, se inclinan por priorizar sobre todo el concepto de carácter, con el significado que da la genética a semejantes términos, aunque ello platea algunas dudas: si se analiza el comportamiento de un toro bravo se debe considerar un poco, que todo aquello que hace, lo hace por defenderse; de hecho, siempre se ha dicho que un toro que se pone a la defensiva es justamente, un burel falto de bravura.
Pero tanto si es un carácter o si la consideramos un instinto, o una conjunción de ambos, podría decirse que la bravura debe responder a un comportamiento ofensivo, aunque tan solo sea por un razonamiento desprovisto de todo caracter veterinario: el toro verdaderamente bravo se manifiesta como aquel que nunca rehúye la pelea, que siempre acude al cite y que, al final, hasta desprecia el amparo o la protección de las tablas al elegir los medios a la hora de morir.
En un lenguaje convencional, esa figura necesariamente tiene poco que ver con lo que comúnmente entendemos como defensivo. De hecho, este era el punto de vista de Domingo Ortega, quien entendía que la bravura era “no un instinto de defensa, si no de ataque”.
Este tipo de teorías en torno a la bravura vienen de hace muchos años, así como su influencia en la lidia y el toreo. Sin remontarnos a tiempos modernos, el célebre padre Laburu definía la bravura “como un instinto existente en todo animal y que el toro acomete para defenderse”. Por su parte, el veterinario Sanz Egaña la definía en su libro Historia y bravura del toro de lidia, como “un instinto de liberación, un instinto ofensivo”.
Sin duda se trata de un debate muy inspirador y complejo, que al final, cuando José María de Cossío en su obra monumental Los toros trata de resumir todo lo dicho sobre la bravura, opta por una fórmula muy simple: “Cualidad específica de los toros bravos”.
Años más tarde, el profesor Paños Martí estima la bravura “como el principal atributo con que debe contar el toro de lidia y así mismo a la embestida como una manifestación de la bravura y no la bravura en sí, y que las manifestaciones de la bravura (acometida y /o embestida) forzosamente han de estar influenciadas por la fuerza física del toro (poder) y por el modo de ser del toro (temperamento)”.
Con una visión más práctica, el ganadero Álvaro Domecq y Diez, en su obra El Toro Bravo, se expresa en estos términos: “La bravura es una cualidad visible, por cualquier persona no aficionada inclusive, del toro en la plaza, que consiste en ir siempre donde lo llaman, que se complementa con otros matices y detalles, perceptibles para los más entendidos, que la subliman y enaltecen. Pero estos detalles son como la esencia en la condición de embestir, intrínseca, para que exista la bravura. A tal punto que, pese a que parezca una perogrullada, el toro que no embiste no es bravo y lo será tanto más cuanto más embista a los que se muevan en el ruedo delante suyo, algo distinto a la embestida en oleadas para huir o defenderse. El toro de clase no trota cuando se arranca, sino galopa. No cornea cuando llega al caballo, se entrega, empuja con los riñones y no cede. Mete siempre la cara en el capote, en la muleta, en el peto del caballo y hasta cuando se le banderillea”.
En la ponencia titulada Tesis cultural de la bravura, presentada en el VIII Congreso Mundial de Criadores de Toros de Lidia, en Aguascalientes, Jorge Ramón Sarasa Juanto, dio una explicación clara y precisa en torno al concepto bravura: “Es la capacidad de lucha del toro hasta la muerte, con la condición de que lo haga con entrega. La bravura del toro consiste en embestir constantemente hasta el final, sin mostrar síntomas de fatiga. Cualquier animal salvaje si le diesen tres puyazos ¿iría a más? ¿Se arrancaría más fuerte? Esa es la cualidad que distingue el toro de otras especies. Bravura es la capacidad de acometividad con potencia, resistencia y nobleza. Va de menos a más. El hecho de acometer y de acudir al cite es lo que caracteriza al toro de lidia”.
“La bravura también puede definirse como el desarrollo obtenido al seleccionar la capacidad de acometer: la fiereza seleccionada y orientada hacia la nobleza. O sea, la bravura encaminada hacia la creación de belleza. O en cuanto conjunción armónica de agresividad, codicia, combatividad y nobleza. De todos modos, la bravura es un concepto subjetivo y evolutivo, pero distinto de la fiereza. La bravura es cultural, un vestigio más del paso del hombre sobre la Tierra. Con la ayuda de los genetistas se dará un salto cualitativo importante dentro de unos años. Llegaremos a saber con exactitud cuáles son las características fundamentales de la bravura. Cuáles van unidas a otras y cuáles son contrarias”.
Por su parte, Rodrigo García González-Gordon, en su trabajo La evaluación estandarizada de la bravura, buscó sistematizar ese concepto de bravura, diferenciando hasta 8 componentes específicos: “la bravura es un concepto multifactorial que engloba ocho dimensiones. Así, un toro bravo se caracteriza por la persistencia de su atención en los estímulos visuales y auditivos que se le presentan (1. Fijeza), debiendo mantener un nivel de actividad constante pero sometida a unos ritmos y pausas (2. Movilidad). Para facilitar la evaluación, consideramos conveniente distinguir entre la acometividad y la embestida. La (3. Acometividad) se refiere a la arrancada, es decir, la primera parte de la embestida. El concepto propiamente de embestida lo hemos reservado para cuando el animal se encuentra dentro de la jurisdicción del lidiador, ya sea en el caballo (4. Embestida en el caballo) o en los engaños (5. Embestida en los engaños). Asimismo, un toro bravo debe reunir requisitos de poder, vigor, robustez y resistencia, no cayéndose durante la lidia (6. Fuerza), una embestida recta y embebida en los engaños caracterizada por la claridad y franqueza (7. Nobleza) pero sin perder por ello la combatividad, el ímpetu, la codicia y, en resumen, la (8. Fiereza)”.
Sin embargo, los conceptos anteriores, con el tiempo se vuelven más complejos. Su objetivo no es diferente al que sigue el propio curso de la evolución del toreo y de la lidia, cuando entre los gustos de los toreros y del público, se comienza a exigir un toro de algún modo predecible.
La toreabilidad es un movimiento que, en el fondo, tiene su inicio en torno a la figura, primero, de don Juan Pedro Domecq y Fuertes de Villavicencio y luego, seguida por sus sucesores.
El periodista Pablo Herranz acertó hace un tiempo cuando escribió: “Muchos dirán que la toreabilidad es una cosa que se ha inventado el Juan Pedro Domecq de hoy para que las figuras anduvieran aliviadas. Pues no. Se la inventó su padre o su abuelo hace décadas, cuando se dieron cuenta, junto con los toreros, que la gente estaba empezando a ir a las plazas para que se les alterase el ánimo con el resultado final, con una experiencia estética que complementase, la expectación que les producía lo que ocurría en el ruedo”. Dicho de otra manera, la “toreabilidad” se puede entender de forma despectiva, como una suerte de alivio que los ganaderos han inventado para los toreros; pero, es la base que, seleccionada desde la bravura, posibilita una experiencia más completa y doblemente “emocionante” de la tauromaquia”; aunque en la actualidad se han traspasado los límites entre bravura y mansedumbre.
Si nos apegamos a las experiencias de Juan Pedro Domecq Solís, que es la tercera generación que ha dirigido la misma casa ganadera, habría que realizar una distinción clara entre bravura y toreabilidad, el ganadero señala como dos conceptos distintos, independizándolos, además, del concepto de fiereza y en su libro Del toreo a la bravura es muy claro en este punto.
Para Juan Pedro Domecq Solís, la correlación entre fuerza y nobleza es negativa: los animales más fieros son a su vez los menos nobles. Por eso, a la hora de establecer sus criterios de selección busca bravura y toreabilidad, en tanto el factor fiereza, al no estar relacionado con ellos ni con la nobleza, no lo traslada a tales criterios de selección; y ahí, es donde está el punto de equilibrio.
Y así, la bravura aparece como “la capacidad del toro para luchar hasta la muerte. Por lo que, para juzgar ésta y calificar al toro, debe tenerse en cuenta su lidia en todos los tercios” y sostiene que: “es totalmente opuesto a que el equivalente de la bravura de los astados termine en la suerte de varas”; salvo que se realice fuera de sitio y de barrene y bombé, como pasa actualmente; y no se pierde la bravura, se inhabilita al toro.
La toreabilidad, en cambio, tiene que ver con el estilo que el toro tiene en esas acometidas. A este respecto escribe: “El conseguir que el toro persiga aquello que se mueve (capote, muleta), que es lo que entiendo por toreabilidad, resulta más fácil cuando el toro es menos fiero o tiene menos casta o raza, pero a esa toreabilidad le falta el componente esencial de la emoción, y aunque el equilibrio de toreabilidad y raza es mucho más difícil de conseguir, ése es el objetivo que se debiera perseguir en la crianza actual de la cabaña de bravo”.
Bajo este punto de vista, la toreabilidad es un concepto relativo al comportamiento, que como tal debiera complementar a la bravura, la raza y la casta del toro de lidia.
Pero, en el fondo, lo que con esta formar de entender las condiciones y cualidades del toro de lidia, lo que realmente se pone de manifiesto es la complejidad de todo el proceso de crianza y selección del ganado bravo. Los estudios genéticos que incluye Domecq Solís en su libro, constituyen un claro ejemplo del elevado número de factores que hay que tener en cuenta y en la misma proporción, la dificultad de acertar crece.
La toreabilidad está rayando en los límites de mansedumbre, casta y raza… si se regresara fiereza al toro para lograr una mayor transmisión a los tendidos, obviamente tendría que cambiar el concepto actual de lidia, donde en la segunda tanda de capa ya se hacen verónicas, delantales, chicuelinas…, y desde el inicio de la faena de muleta, ya se dan desdenes y pases de la firma para torear en redondo inmediatamente… y ¿dónde quedó la lidia?, ¿el enseñar al toro y meterlo en el engaño?, ¿el andar con el toro y cambiarlo de sitio en el ruedo?… ¿Dónde quedó la sensación y transmisión de peligro a los tendidos?
¿Valdrá la pena hacer el esfuerzo y regresar bravura y un poco de fiereza al toro? O dejaremos que se muera la gallina de los huevos de oro.





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