
Evolución histórica de la de la puya para realizar la suerte de varas en un festejo taurino
Como lo he platicado ya en diversas ocasiones y foros: no existe una justificación anatómica del lugar donde se realiza el puyazo actualmente y el daño que produce cuando no se realiza en el lugar indicado es tremendo; su evolución se ha dado más por la facilidad y comodidad para realizar la suerte, independientemente del castigo o daño mayor o menor que se le infringe al toro.
Espero con esta revisión bibliográfica pueda contribuir al mejor desempeño de los actuantes en la suerte de varas y se comience a realizar con las adecuaciones necesarias en pro de un mejor desempeño del burel durante la faena, además de adecuar la suerte, a la apreciación que tienen las nuevas generaciones hacia la tauromaquia y los nuevos aficionados a la más bella de todas las fiestas; incluso los animalistas que buscan eliminar éste tipo de instrumentos durante la lidia.
Los aficionados actuales, por más edad que tengamos hemos visto picar los toros hasta la cruceta y es lógico, pues es la forma en que siempre se ha realizado; va a ser difícil aceptar otra forma de hacerlo, porque esto sería reconocer que hemos vivido equivocados mucho tiempo.
Vamos a dar un breve repaso de la historia de la puya en los últimos doscientos años, puede ser que sea útil para encontrar el momento y las circunstancias que dieron lugar a crear la confusión que venimos arrastrando desde hace casi un siglo y, que tuvo su origen en los intereses contrarios e irreconciliables de dos grupos en pugna: el de ganaderos y aficionados, que buscan en el puyazo el lucimiento del toro; y el de picadores y matadores, a quienes les interesa restarle fuerza y peligro al animal; en ésta pugna, han prevalecido los intereses de los últimos en detrimento del espectáculo y del toro.
Desde mediados del siglo XVIII hasta principios del siglo XX, nadie dudaba que el puyazo debía hacerse solo con el acero que sobre salía del tope compuesto por un encordelado abultado, el famoso limoncillo. Lo que existía, era un problema técnico, pues el voluminoso tope solía “rebotar” en el morrillo del toro antes que la puya hiriese al animal y sin que el picador pudiera detenerlo y evitar que su caballo pagase las consecuencias del fallido intento del cual salía herido y muchas veces muerto.
En 1776, José Daza, varilarguero de finales del siglo XVIII y autor del primer tratado de tauromaquia, ya sugiere una modificación a la puya, sugiriendo una longitud mayor a la misma y dice: “descubierta la punta como dos pulgadas y media (6 centímetros) y debe proporcionarse con el rigor que se juzgue a los toros del día; procurando que el tope del cordel no quede demasiado abultado”. Como se puede apreciar el tamaño del acero era demasiado grande y se mencionaba ya el problema del tope encordelado demasiado abultado, que aparentemente dificultaba la ejecución de la suerte en le época en la que se picaba sin peto. “Cada puyazo, ha de durar el tiempo que dura el picador en su intento de detener al toro con la garrocha sin que alcance su cabalgadura, luego de lo cual los de a pie deberán acudir al quite, para evitar que el toro se dañe arremetiendo contra el caballo o [se rompa] en el indeseable romaneo”; este dato es importante, aunque después de 250 años, tristemente se sigue haciendo.
En 1796, Pepe-Hillo en su obra “La Tauromaquia o El Arte de Torear”, señala que las estopas (encordelado actual) “no deben descubrir más de un dado o dos (tres y medio centímetros) de púa o de acero afilado en tres cantos”.
El encordelado daba al tope una forma de limón alargado que obligaba al picador a realizar la suerte en la parte anterior del morrillo, cosa que se le dificultaba a muchos al picar de lejos o recibiendo, así que los varilargueros lo fueron adelgazando para facilitar su labor y dejaba de ser un verdadero tope; tras la puya, va el palo que muchas veces mataba al toro, porque se iba de largo en el cuerpo.
Las autoridades por su parte, exigían el limoncillo lo suficientemente abultado para que fuese un tope eficaz y efectivo.
En esta estira y afloje, a mediados del siglo XIX el corregidor de Madrid, don Pedro Alcántara Colón, Duque de Veragua, impuso la puya con el tope en forma “de naranja” en donde el encordelado era totalmente esférico. La protesta de los varilargueros no se hizo esperar y encabezados por el picador Francisco Calderón, reclamaron en contra de esa nueva puya que según ellos hacía imposible su labor a menos que se picase de arriba abajo, cosa prácticamente imposible, sin sacrificar al caballo.
En 1869, Juan Moreno Benítez, gobernador de Madrid, atendiendo la justa protesta de los picadores, restableció la primitiva puya de limoncillo y el reglamento de 1880 la confirmó, considerándola “lo más aceptable”. En ese reglamento, la pirámide de acero tenía menos de dos centímetros de altura, más corta que la recomendada por Daza y Pepe-Hillo, y las de los reglamentos de 1917, 1962 y 1992, que mencionaré más adelante.
Mientras tanto, con la finalidad de aliviar el conflicto, surgieron diversas propuestas como la de Antonio Fernández Meredia Hache, ganadero, aficionado práctico, polémico escritor taurino, defensor de la pureza y exigente en el cumplimiento del reglamento, quien en 1904 planteó lo que podría haber sido la solución técnica y definitiva de todo este asunto de las puyas, evitando la degeneración que inició con el reglamento de 1917 y que ha deteriorado la suerte de varas, convirtiéndola en la antítesis de lo que debe ser.
Pero, ¿cuál era la propuesta de Fernández Meredia? Algo simple y revolucionario para su época: una cruceta giratoria entre la pirámide de acero o puya y el encordelado; con ello se conseguía la efectividad del tope que se buscaba, eliminándose los inconvenientes del rebote propio de los alimonados o esféricos. La condición giratoria de la cruceta le permitía acomodarse a los movimientos del toro sin que la puya se saliera de su ubicación.
Se ignora porque esta propuesta no tuvo aceptación por parte de las autoridades y aficionados de la época, pero seguramente tuvo que ver el carácter irritante y combativo de Fernández, el cuál le trajo muchas enemistades. Cuenta Cossío en su tratado “Los toros” que: “a Fernández Meredia le tenían prohibido el acceso a los corrales, desolladero y otras partes de la plaza, porque en más de una ocasión llegó a asistir acompañado de un notario para documentar las irregularidades al reglamento. Lo he conocido en su barrera de primera fila arriba de la puerta de toriles, manejando un complejo juego de pañuelos de diferentes colores y figuras con los que, silenciosamente, daba su opinión sobre los toros”. Sin embargo, no era tan silencioso como se dice; cuando acudía a la plaza iba acompañado de un cencerro que hacía sonar cada vez que veía salir un toro manso, hecho que ponía verdes a los ganaderos.
En su libro “Doctrinal Taurómaco”, publicado en 1904, explica cómo en su opinión debe ser una corrida de toros y cómo funcionaría la cruceta giratoria, proyectó que ilustró con dibujos, detalles y planos para su fabricación.
Pascual Millán, en 1905 sugirió que se aumentara la longitud del acero descubierto o la puya, para evitar los inconvenientes del “rebote” del tope.
Como sucede con las buenas ideas, la de Fernández y Millán fueron olvidadas y surgió otra que proponía la eliminación del limoncillo, que al final obtuvo patente de Corzo cuando fue aprobada mediante una Real Orden en 1906, con el beneplácito de los picadores que vieron facilitada su labor y con el consiguiente sacrificio de los caballos que morían con más frecuencia que antes en los ruedos.
Tuvieron que pasar hasta que el reglamento de 1917 marcara los lineamientos de la suerte de varas que rigen hasta la actualidad, pero veamos por qué: se aumentaron las dimensiones de la puya de acero y se eliminaba el limoncillo; también se fijaron milimétricas diferencias entre la puya que debía usarse en los diferentes meses del año y la que debería emplearse para novillos, la cual debería ser tres milímetros menor que la que se empleaba para los toros; lo que resultó en un insulto a la inteligencia, porque la herramienta para picar estaba diseñada para que junto con la puya entrara incluido el tope, tres veces mayor.
Efectivamente, el tope era un encordado con seis centímetros de longitud de forma cilíndrica que sobresalía apenas siete milímetros de la arista en la base de la pirámide y nueve de su lado, todo lo cual hacía inevitable que el encordado no funcionara como tope sino más bien como puya. Eso lo sabían bien quienes la diseñaron y es por ello que, para evitar que se matase al toro en la suerte, pusieron en la base del tope una arandela de acero de seis centímetros de diámetro. A partir de ese momento, la suerte de varas pasó de ser un pinchazo, con un acero de no más de una pulgada de altura, a un castigo con un barreno cuatro veces mayor, grueso y áspero, naciendo así, el tamaño de la puya y castigo a los toros que sobrevive desde hace 106 años hasta nuestros días.
En los años anteriores la situación se fue agravando (para el toro obviamente), en la medida que fueron apareciendo otras disposiciones como: en 1923, la reducción de la edad mínima de los toros de cinco a cuatro años; también, la aparición del peto en 1928 que permitió comenzar a dejar que el toro se estrellase con el caballo y ser picado de arriba abajo, produciendo un mayor daño; esto, sin contar con el barrenado, la carioca, el mete y saca, y tantos otros vicios que aparecieron como consecuencia de las facilidades que brinda el peto.
Mientras se preparaba el reglamento de 1962 y cuando el peto y ya con treinta y cuatro años de usarse el peto los problemas técnicos para la ejecución de la suerte de varas se eliminaron; algunos aficionados reclamaron volver a la senda correcta del tamaño de la puya y la forma de realizar la suerte, regresando a lo propuesto por Fernández Meredia, colocando la cruceta móvil detrás de la pirámide y antes del encordelado. Otros taurinos como Gregorio Carrochano querían ir más allá y regresar al limoncillo argumentando que: “el encordelado que debería servir de tope no sirve… La forma debe ir orientada a que se pique solamente con la puya (pirámide). Para ello nada mejor que el limoncillo, que es como se hacen las faenas en el campo y como se picó en las plazas durante más de cien años, en toros con más edad y más peso”.
Ante estas propuestas, los picadores y matadores dijeron en una reunión: “no nos hemos pasado tantos años acostumbrando al público a ver y aceptar el puyazo con el encordelado incluidos para retroceder y ceder terreno”. El mismo Carrochano contaba una anécdota al respecto: “el día que nos tocaba examinar la cuestión de las puyas, antes de entrar a la reunión, se recibió un telegrama de la asociación de picadores de Sevilla que decía textualmente: no estamos de acuerdo con lo que acuerden en el asunto de las puyas; no se había acordado nada todavía y ya estaban inconformándose”.
El reglamento de 1962 perfeccionó la herramienta de castigo y si bien conservó las dimensiones de la pirámide de acero, aumentó la longitud del encordelado de seis a siete y medio centímetros. Los hombros del tope se redujeron de siete a cinco milímetros en la arista y de nueve a siete en los lados; al mismo tiempo, que se aumentaba el diámetro de la base del encordado que tomó así una forma cónica, convirtiéndolo en una prolongación de la pirámide de acero que, con facilidad mayor grosor y longitud, se introduce en el cuerpo del toro; se sustituyó la arandela por la cruceta después del encordelado y se redujo el número mínimo de puyazos de cuatro a tres.
El reglamento de 1992 fue más de lo mismo con pequeñas variantes; disminuyó la base de la pirámide manteniendo la dimensión de la arista, con la cual aumentó su altura; adelgazó una vez más el tope en la base de la pirámide de cinco a tres milímetros en la arista y de siete a cinco milímetros en el de lado, dándole mayor continuidad con el acero facilitando aún más su ingreso en el animal; aunque mantuvo la reducción en tres milímetros la pirámide cuando se trata de novillos; el encordelado se redujo de siete y medio a seis centímetros, como estaba en el reglamento de 1917; se limitó el peso del caballo a un máximo de seiscientos cincuenta kilos y el número mínimo de puyazos se reduce de tres a dos en plazas de primera y a una en todas las demás plazas. Está por demás decir que el escándalo que se armó por la reducción del encordelado fue escandaloso y muchos matadores, picadores y periodistas pegaron el grito en el cielo diciendo: “con ese reglamento, los toros se quedarán sin picar y pasarán crudos”.
El Reglamento de Andalucía del 28 de marzo de 2008, ha mantenido prácticamente lo establecido en los anteriores con la única novedad, que reduce en algunos milímetros las dimensiones de la pirámide de acero y un centímetro de largo del encordelado, que actualmente queda en cinco centímetros.
La distancia desde la punta de la pirámide a la cruceta es de siete y medio centímetros en total, reduciéndose en un veinticinco por ciento a la puya del reglamento de 1962, que era de diez centímetros, pero sigue siendo excesiva frente a la usada en el pasado.
En nuestro país, las medidas de las puyas que se emplean en la suerte de varas son:
Ciudad de México, reglamento vigente de 1997: puya piramidal de acero para toros de 17 mm de base por 29 mm en sus aristas; para novilladas será de 15 mm de base por 26 mm en sus aristas.
El tope será de 80 mm en toros y 75 mm en novilladas; la cruceta será de 60 mm por lado.
Guadalajara, reglamento vigente del 2015; puya piramidal de acero para toros de 15 a 17 mm de base por 24 a 26 mm en sus aristas; para novilladas será de 13 a 15 mm de base por 22 a 24 mm en sus aristas.
El tope será de 80 mm en toros y 65 a 75 mm en novilladas; la cruceta será de 60 mm por lado.
Aguascalientes, reglamento vigente de 1989; puya piramidal de acero para toros y novillos de 15 mm de base por 26 mm en sus aristas; para novilladas se podrá utilizar puya de 29 mm de tamaño de aristas, previa autorización del juez y siempre y cuando el peso y fuerza del ganado a lidiarse lo amerite.
El tope será de 80 mm en toros y 75 mm en novilladas; la cruceta será de 60 mm por lado.
Querétaro, reglamento taurino vigente del 2017; puya piramidal de acero para toros de 17 mm de base por 29 mm de las aristas y para novillos de 15 mm de base por 26 mm en sus aristas; para novilladas se podrá utilizar puya de 29 mm de tamaño de aristas, previa autorización del juez y siempre y cuando el peso y fuerza del ganado a lidiarse lo amerite.
El tope será de 80 mm en toros y 75 mm en novilladas; la cruceta será de 60 mm por lado.
Ahora bien, después de leer lo anterior, ¿se justifica una revisión y adecuación de esta suerte a los tiempos modernos y los nuevos públicos sin que se pierda su esencia? ¿Se debe adecuar la tauromaquia a la forma de pensar y sentir de las nuevas generaciones hacia los animales? ¿Las tradiciones y la cultura de la tauromaquia se debe adecuar la sociedad actual como lo han hecho ya otras tradiciones? O deberá morir intacta, inamovible y con la frente en alto… Ustedes, todos los que intervienen y actúan en una corrida de toros, incluyendo a los aficionados, tienen la última palabra.
Muchas gracias.






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