La supervivencia de los festejos taurinos en el siglo XXI
La tauromaquia en la sociedad moderna, enfrenta un panorama complicado y controvertido. Una visión antropocéntrica del mundo que no se escandaliza por la utilización del mundo animal, dentro de unos límites sostenibles y siempre en beneficio del ser humano, pero que desafía la visión de los movimientos ecologistas más o menos radicales que propugnan derechos casi humanos para los animales, que ha situado a la tauromaquia en el centro del debate.
A lo largo de la historia, políticos, hombres de ciencia, literatos, pintores, músicos y artistas de todas las disciplinas se han ocupado de la tauromaquia. Mientras unos se han sentido fascinados y conmovidos por la belleza de la lucha cruenta entre el hombre y el toro, otros la han rechazado por considerarla una salvajada impropia de culturas “avanzadas”.
La realidad es que los toros han llegado al siglo XXI adaptándose a cada momento histórico y superando todo tipo de coyunturas políticas, sociales, económicas y culturales, gracias al interés popular que ha despertado la emoción de la lucha de lo racional y heroico representado por el torero contra la fuerza de lo irracional y feroz encarnada por el toro.
En la capacidad de la sociedad de cada época por sublimar la esencia cruenta del espectáculo y asimilarla como un motivo de placer estético y espiritual se encuentra el factor determinante de la pervivencia de la tauromaquia entre nosotros desde hace cientos de años.
En la actualidad, las circunstancias sociales y culturales tan diferentes a las de hace apenas 30 años, cuando ir a los toros era una actividad socialmente normal e incluso bien vista, la tauromaquia ve cuestionada su continuidad probablemente como no había sucedido nunca antes a lo largo de su historia. Las causas hay que buscarlas tanto en el interior del mismo hecho taurino como en las presiones externas a que la sociedad del siglo XXI somete a las actividades humanas en relación con los animales.
Salvador Boix escribió: “El ritual taurino, en el cual el torero pone en juego su vida de forma voluntaria para dominar la fuerza indómita de la fiera mediante el valor, la técnica y el arte, elementos que conforman la esencia de la tauromaquia, tienen en la verdad de la lucha el valor más preciado. Cuando lo que sucede en la arena no destila esta verdad, el interés popular se pierde y el espectáculo se vuelve un caos de sangre y vísceras, imposible de asimilar socialmente”.
Y así ha sido a lo largo de la historia… Joaquín Vidal, periodista del diario “El País” y excelente cronista taurino (QEPD), afirmaba que: “El gran problema del futuro del mundo de los toros se encuentra en el mismo, haciendo referencia a la desnaturalización de las esencias que padece la corrida contemporánea”. Vidal tenía razón, porque la realidad actual de los toros no puede sustraerse a las problemáticas internas del espectáculo, que de unos cuantos años para acá vive inmerso en una profunda crisis de valores éticos, técnicos y estéticos; y no nada más en España, también está profundamente inmersa en esa crisis la tauromaquia mexicana.
En el año 2018, el trabajo premiado en el certamen literario Doctor Zúmel respondía a la pregunta: ¿Cómo adecuar la lidia al siglo XXI?; fíjense que pregunta sobre la lidia y no sobre las corridas de toros en general.
Los autores, Fernando Gil y Julio Fernández, en la introducción, consideran que el aficionado a los toros debe reunir dos condiciones: Adquirir conocimientos previos, una acción que requiere un esfuerzo importante y tener una sensibilidad especial para un acto en el cual morirá un animal y puede morir una persona.
En su ensayo reconocen que la tauromaquia atraviesa dificultades causadas por diversos factores: la ausencia de grupos de presión importantes que la defiendan y promocionen, el activismo anti taurino, la previsibilidad y falta de emoción del espectáculo, el rechazo social a la idea de muerte y la discriminación que sufre en los medios de comunicación.
Su propuesta es mejorar el espectáculo sin perder su esencia, o sea, que no son partidarios de las corridas incruentas. En el resumen proponen lo siguiente: En el TERCIO DE VARAS, Gil y Fernández no aceptan la idea popular de que el toro debe sangrar para “descongestionarse”. Dicen que: “El toro puede perder entre 1,5 y 2,5 litros de sangre en el caballo sobre un total de 40. Ellos piensan que no se descongestiona nada ni tiene ningún beneficio que el toro sangre”.
No es una novedad, esta teoría ya la defendía don Fernando Marcet, quien decía: “Jamás acepté aquella teoría de que a un ser vivo que sale a pelear por su vida hay que ‘hacerle sangre’ para descongestionarlo. Con ese criterio habría que romperle una ceja a cada boxeador que sube al cuadrilátero, para que su desempeño sea mejor ¡Una tontería de marca mayor!”. Tampoco están de acuerdo en que el puyazo ahorme la embestida. Lo que merma la fuerza del toro no es la sangría ni las heridas infligidas, sino el desgaste con su empuje ante el peto… y respecto a puyazo trasero, reconocen que produce lesiones óseas, vasculares, nerviosas y/o cartilaginosas. En cambio, un puyazo en el morrillo causaría un daño leve al toro.
Julio Fernández asegura: “No se puede detener a un toro picándole en el morrillo por varios motivos: no hay picador que sea capaz de detener la embestida de un toro de 500 kilos puesto en suerte y desplazándose a unos 40 Km/hora para evitar el choque en el peto, y menos aún para expulsarlo de la suerte de inmediato. Los caballos de picar no están domados para eso, no son caballos de rejoneo, el peto y los manguitos protectores dificultan sus movimientos, y el público quiere ver a los toros arrancándose, recargando o emplearse empujando al caballo y no saliendo despedidos”.
Las propuestas en el ensayo son las siguientes: “Dar un mínimo de dos puyazos en todas las plazas con la posibilidad de que el torero, y no el presidente, cambie el tercio cuando lo desee. Si hay más de dos puyazos, será con la puya de tienta. Añadir tres marcas más allá del segundo círculo para sucesivos puyazos. Que los picadores entren y salgan más rápidamente evitando pérdidas de tiempo. Control estricto de los caballos de picar por medio de microchips y básculas portátiles, finalmente, flexibilizar el peto y redondear y acolchar el estribo derecho.
Sobre el tema de la puya, Fernández escribió lo siguiente: “Somos partidarios de modificar la forma de la pirámide y pasar a una pirámide de cuatro aristas (cuadrangular), como se usa en los tentaderos, cuyas aristas forman cuatro ángulos rectos (de 90º) y reducen el riesgo de desgarro de la piel. Con esta pirámide da igual cómo se coloque la puya en la vara. Proponemos suprimir el primer tope, o el escalón que hay entre la base de la pirámide y la pieza siguiente sobre la que se apoya, para facilitar su introducción hasta la cruceta. Abogamos por que la pieza que hay entre la cruceta y la pirámide, deje de llamarse tope, no lleve cuerda encolada, sea de paredes lisas, tenga anchura en su base no superior a la base de la pirámide y que pueda ser de material diferente a la madera de fácil limpieza y desinfección”.
“Como ya sabemos, lo que templa la embestida del toro es la acción de empujar al caballo, y no las heridas o el sangrado, la puya debería reducirse a unas dimensiones que permitan que el picador se pueda defender, que claven fácilmente, que permitan la rectificación de puyazos aplicados en lugares inadecuados (paletillas, cartílago de prolongación de la escápula, apófisis espinosas de vértebras torácicas (en el eje longitudinal del toro), traseros o caídos), minimizando las consecuencias de puyazos profundos o de picar en lugares inadecuados, que pueden comprometer la capacidad del toro para la lidia. Somos partidarios de reducir todavía más la porción penetrante de la puya, que según los tres últimos reglamentos autonómicos debe medir 7,42 cm, reduciendo proporcionalmente la cruceta para evitar que los brazos de la misma estorben o dificulten la penetración.
Proponemos que se autoricen para la vara materiales resistentes que no tienen por qué ser de madera y que se coloque bien el toro en suerte, a distancia progresiva, sacándolo rápidamente y dosificando el castigo”.
Estas propuestas se basan en la confianza y buena voluntad del diestro, porque en ningún momento se podría evitar con ellas el aberrante y agresivo mono puyazo.
En el tercio de BANDERILLAS, proponen: “Reformar el arpón para que se fijen sin herir tanto”. Asimismo, plantean “reducir su dimensión y que se puedan fabricar de materiales alternativos” y en el tercio de MUERTE, afirman que: “La espada mata por su capacidad de corte” y proponen: “Redondear la punta de la espada y hacerla más ancha para evitar pinchazos en hueso. Hacer el estoque recto y no curvado porque así aumentaría la citada capacidad de corte. No afilar sólo los últimos 20 CM sino 48 de un total de 70 CM lo que provocaría seccionar fácilmente la aorta y acelerar la muerte.
Finalmente, usar un tipo de descabello de perno cautivo para aturdir al toro y posteriormente apuntillarlo”.
En cuanto al INDULTO (en España): “Ampliarlo a todos los festejos picados en plazas no portátiles, pero con la posibilidad de que el presidente ordene el retorno del picador al ruedo con la puya de tienta”.
Más allá de posiciones interesadas, parece evidente que la
tauromaquia tiene un futuro tan incierto en nuestra cultura globalizada como la caza sustentable, la charrería, las peleas de gallos o la experimentación científica con animales, actividades cada día más cuestionadas socialmente… y paradójicamente, hoy los detractores conviven con los zoológicos, las hamburguesas, cortes de carne finos y los perrhijos (no todos cubriendo las 5 libertades de los animales que tanto pregonan) y son socialmente bien aceptados… son la otra cara de la misma moneda.
Las dinámicas sociales, más sensatas que las políticas, decidirán o habrán de definir finalmente sobre el futuro de esta tradición con tanta historia. Dignos de mejor causa, resultan los esfuerzos para liquidarla precisamente ahora, cuando todo apunta a que ella por sí sola, un poco antes con la ayuda de muchos involucrados directamente en ella, o un poco después, se acabará muriendo.
Muchas gracias



