Las corridas papales y los toros en El Vaticano
A pesar de lo sorprendente que parezca y como contradicción a las prácticas imperantes de la Iglesia católica, que decretaron varias prohibiciones papales en contra de las corridas de toros, para intentar su total abolición tanto en los reinos cristianos, como también en la cuna de la Curia Romana, no logró el resultado deseado, continuando éstas hasta nuestros días.
En la plaza de San Pedro se realizaron muchas corridas o “cacce di tori”, como se les conocía en Italia, según cita Nicolás Fernández de Moratín en su “Carta Histórica” en 1775, “en donde se corrían también, pero enmaromados y con perros, y aún hoy se observa en Italia” y continúa diciendo: ”y no pudo ser menos que con este desorden y atropellamiento, la fatalidad que acaeció en Roma el año 1332, cuando murieron en las astas de los toros muchos plebeyos, diecinueve caballeros romanos y otros nueve fueron heridos; desgracia que no se verifica en España siendo el ganado mucho más bravo. Por este suceso, se prohibieron en Italia ese año”.
Una de las ocasiones que se realizaron festejos taurinos en Roma, fue en la época del Papa español Alfonso Borja, conocido como Calixto III (1455-1458), miembro de una influyente familia de Xátiva y gran aficionado a la música de campanas, hasta el punto de ordenar siendo Papa, que todos los días del año, a las doce de la mañana, todas las campanas debían hacer sonar su metálica melodía. Esa actitud festiva del pontífice, unido a su raíz hispana, nos lleva a suponer que es probable, que recién elegido Papa, ordenara la celebración de festejos taurinos con motivo de la canonización de su paisano, San Vicente Ferrer en 1455.
En tiempos del Papa Inocencio VIII (1484-1492), quien al parecer ayudó a Cristóbal Colón en sus viajes y se sabe, que celebró solemnemente la toma de Granada por los caballeros españoles; por cuya gesta, concedió a los reyes Isabel y Fernando el título de “Católica Majestad”, tras cuya distinción fueron conocidos como “Reyes Católicos”. Las corridas de toros no faltaron en los festejos de febrero de 1492, para celebrar la conquista de Granada y el nacimiento de una nueva nación, España. En esa ocasión tras la misa matinal, fueron estoqueados cinco toros por hombres a caballo, armados con lanzas; existiendo constancia de la participación activa de César Borgia, hijo de Rodrigo de Borgia, quien era vicecanciller.
Tras la etapa de sobornos y nepotismo de Inocencio VIII, accede al cetro de San Pedro otro español, también nacido en Xátiva, de la familia de Borjia, de nombre Rodrigo, quien tomó el nombre papal de Alejandro VI (1492 – 1503); fue elegido Papa siendo obispo de Cartagena-Murcia de (1482-1492). Su vida disoluta y su ambición no tuvieron límites; de su relación libertina con Vannozza Catanei nacieron varios hijos, entre ellos César y Lucrecia, con la que el vulgo decía que tras una relación incestuosa con su padre, tuvo un hijo conocido como “el infante romano”. Aunque también el Papa Alejandro VI fue quien abrió la puerta de El Vaticano a Miguel Ángel, a quien encargó la famosa escultura de La Piedad.
Durante su pontificado se celebraron innumerables corridas de toros en El Vaticano. Al parecer, uno de los que destacó como torero de gran habilidad fue su propio hijo César, quien fue nombrado por su padre Obispo de Pamplona a los 16 años; en él se inspiró Maquiavelo para escribir su obra “El Príncipe”, de cuyas hazañas se levantaron algunas estelas reseñando sus proezas, como la ocurrida en la corrida del 24 de junio del año 1500 celebrada detrás de la basílica de San Pedro: “se enfrentó a pie con un trapo y una espada corta a cinco toros, llegando a separar la cabeza de uno de ellos de un solo golpe”.
Esas fiestas del “cacce di tori”, como se les conocía en Italia, las continuó el sucesor de Alejandro VI, el antiespañol Julio II (1503-1513).
Este mecenas de las artes, como la mayoría de los papas del Renacimiento, fue el que encargó la construcción de la actual basílica de San Pedro y a Miguel Ángel el fresco de “el juicio final”. También con tres hijas ilegítimas, siguió con la costumbre de celebrar corridas de toros a pesar de que “… ni el odio profundo que sentía por los Borgias, a quienes combatió ferozmente, ni su antipatía a España impidieron la continuación de una costumbre tenida por genuinamente española e introducida por los Borgias”.
Otro festejo taurino conocido fue el acontecido el lunes de Carnaval de 1519, durante el pontificado del Papa León X y lo refiere el padre jesuita Julián Pereda, quien lo toma del libro “Historia de los Papas” de J. Pastor y dice: “se celebraba una gran corrida en la antigua Plaza de San Pedro… (La actual se construyó posteriormente entre 1656 a 1665, obra del escultor Bernini) a vista de León X… (Creador del Monte de Piedad para préstamos y quien excomulgó a Martín Lutero), en la que por cierto murieron tres pobres hombres. Les costeó el Papa los espléndidos trajes a los toreros y se echaban de menos los tiempos del Cardenal Petrucchi que, por uno solo de estos trajes para los toreros solía pagar hasta 4000 ducados; corridas y más corridas se siguieron celebrando en años sucesivos, aunque no siempre, ni mucho menos a la usanza española, sino despeñando los toros por el Testaccio… (Un monte artificial hecho con los restos de las ánforas de barro que allí se rompieron durante siglos y que en su mayoría procedían de España, conteniendo aceites, vinos y la famosa “garum” de Cartagena y Mazarrón, una pasta de pescado macerado en salmuera, famosa desde los tiempos de la dominación romana) y esperando abajo los jinetes armados que los despedazaban en su loca huida con tan poco garbo como sobrada crueldad”.
Otro tanto ocurrió en la corrida celebrada en el Capitolio, en tiempos del mismo Papa León X, el carnaval del año 1520, donde murieron 2 hombres.
A este respecto, sobre las formas anárquicas de celebrarlos, nos dice el Padre Regatillo en su libro “Casos de derecho canónico, II”. “innumerables gentes se apiñaban en la típica plaza de Navona para contemplar la lidia, sin que hubiese barrera ni más valla que la que ofrecían los cuerpos inermes de la multitud, se comprenderá lo brutal y condenable de tales espectáculos”.
Tras la pausa impuesta por el saqueo de Roma en 1527, las fiestas de carnaval volvieron a celebrarse hasta el año 1536, con la participación del vulgo y donde: “se despeñaron por el Testaccio carros cargados con cerdos y unas corridas de toros en las que se despeñaron trece toros, que luego fueron despedazados a mandoble por caballeros que los esperaban en la caída”.
Otra fiesta de “cacce di tori” fue la que dispuso el Papa Paulo III en 1539 (el que convocó el concilio de Trento, uno de los más importantes de la Iglesia Católica, donde se aprobó la fundación de los Jesuitas), para celebrar los esponsales de Octavio Farnese con Margarita de Austria, más conocida como Margarita de Parma, hija natural del emperador Carlos V, que como podrán suponer estuvieron revestidas de la mayor suntuosidad y lujos.
“En 1556, el poeta francés J. du Bellay todavía pudo contemplar una corrida de toros en el carnaval romano, lo que le motivó para escribir tres sonetos, que reunió en su libro ‘Regrets’, donde cantó la suerte de la suiza…”, según narra Francisco Flores Arroyuelo en su libro “Correr los toros por España”.
Once años después de la muerte del Papa Julio III, llegaron las prohibiciones pontificias a las corridas de toros. El primero en intentarlo fue Pio V, quien ordenó al gobernador de Roma que las prohibiese, bajo pena de muerte a quienes no acatasen la orden.
Y a decir verdad, ni la Bula “Salute Gregis” del Papa Pio V en 1567, ni la “Exponis Nobis” de Gregorio XIII en 1575, ni el Breve “Nuper Siquidem” de Sixto V en 1586, surtieron un verdadero efecto en España, por diversas razones.
Como podemos ver, durante esos años también se realizaron el llamado “Descubrimiento de América y los viajes de conquista”, por lo que lo arraigado de las corridas de toros en la población española, hizo que fueran implementados e instaurados hasta nuestros días los festejos taurinos en Hispanoamérica como una tradición con casi 500 años de antigüedad.
Muchas gracias.




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