Las plazas de toros en Querétaro / I parte
Las corridas de toros son una de las tradiciones de origen español más conocidas en el mundo y al mismo tiempo, de las más polémicas; es, arte cuajado de historia y cultura difícil de apreciar en muchos de sus sentidos sin el conocimiento previo. Sin embargo, es un hecho, que la fiesta no existiría si no hubiese existido y desarrollado el toro bravo, descendiente directo del primitivo Uro y el Bos Taurus ibéricus.
La historia taurina de México se remonta a la llegada de Hernán Cortés “el conquistador”, quien trajo ganado entre otros víveres para que su ejército bien pertrechado, lograra la encomienda de adueñarse de las tierras recién descubiertas.
El primer festejo taurino en México se realizó el 24 de junio de 1526 el día de San Juan, al regreso de Hernán Cortés de Las Hibueras (Honduras), donde por cierto regresó derrotado, pero en México fue recibido como el exitoso conquistador; estos hechos constan en la quinta Carta de Relación de Hernán Cortés al Rey Carlos V; en aquel festejo se corrieron toros criollos, para el abasto comprobando la imposibilidad de conseguir la brillantez que pretendían con el espectáculo anunciado.
Después de esa mala experiencia, Hernán Cortés solicitó al Rey de España con intervención del Virrey Luis de Velazco, permiso para traer ganado bravo a la Nueva España y en 1552, llegó el primer lote de 12 pares de vacas y sementales de casta navarra, después de estar unos meses en Cuba y otras islas de las Antillas.
La primera corrida de toros organizada y documentada como espectáculo por orden del cabildo, se realizó en la capital de la Nueva España el 13 de agosto de 1529, para conmemorar la caída de Tenochtitlan y el día de San Hipólito; se corrieron siete toros y se ordenó que los despojos de dos de ellos fueran destinados para beneficio de monasterios y hospitales.
Aunque los antecedentes de la fiesta brava se remontan al siglo XVI, fue hasta después de la independencia que se formalizó y reglamentó, iniciándose desde aquella época la controversia continua de la población a favor y en contra de las mismas.
En Querétaro se prohibieron las corridas de toros en 1828 por poco tiempo, y 47 años después volvieron a prohibirse, restituyéndose nuevamente al cambio de gobierno, pues a pesar de las restricciones, la afición por el toreo no decayó, consolidándose a partir de entonces definitivamente en nuestra ciudad y estado, como una forma de esparcimiento popular.
El 18 de diciembre de 2012 la tauromaquia fue declarara Patrimonio Cultural Inmaterial de Nuestro Estado, ya que los queretanos hemos conservado por generaciones la tradición con ese sentido y ese significado real, viviendo intensamente los acontecimientos taurinos que son parte de la queretanidad por su arraigo.
Basta recordar a queretanos ligados con la tauromaquia, tanto en los ruedos como en los corrales de las plazas; vienen a la memoria “el Ronco”, famoso torilero; Matías, quién fue guarda plaza de la Santa María, antes de don Panchito, el actual custodio de la misma; don Maurilio Bravo, inspector autoridad en el callejón de las plazas más estricto y severo que ha habido.
También viene a la mente aquella singular promoción cuando días antes de las corridas de toros en la plaza Colón, desfilaba por las calles de nuestra ciudad una troca, llevando el zarzo de banderillas, luciendo su fábrica de manos artesanales, entre los que destacaban las de Teófilo Camacho Montoya y ahí junto a ellas, una pequeña orquesta tocando pasos dobles, en medio de muletas, capotes y otros avíos, amén de que previo al paseíllo, era notable la presencia de bellas Manolas en preciosas carretelas desfilando ante el público esplendiendo garbo, salero y obsequiando claveles reventones de rojo intenso.
Por ahí en las calles y lugares donde existieron las antiguas plazas, siguen en el recuerdo las imágenes de Eliseo Muños “Chito”, Paco Gorráez “El Cachorro Queretano”, “Los chicos de Querétaro”, Ernesto San Román “El Queretano”, y algunos novilleros como Agustín San Román, Marcos Vielma, Rolando de Benavente y los picadores Manuel Pozo “El Mochilas”, “El Duraznito” y los espadas Tanis y Ramón Estrada entre otros.
Iniciemos pues este viaje al pasado para conocer el arraigo de los queretanos a los festejos taurinos a través de cuando menos 400 años.
LA PLAZA DE SAN FRANCISCO
También llamada “Plaza del Recreo” o “Plaza de Abajo” se montaba en lo que hoy es el jardín “Zenea”, un tiempo también llamado jardín “Obregón” en honor al general del ejército constitucionalista y después de su traición se le regresó el nombre de jardín “Zenea”; esta fue la primera plaza de toros en Querétaro o Circo Taurino, hecha toda de madera.
La construcción del convento de San Francisco inició entre 1540 y 1550, la construcción de su atrio y capillas terminó en 1698; sus capillas fueron “La Santa Casa de Loreto”, “El Santo Cristo de San Benito”, la de “Los Hermanos de la Cuerda” que además fue capilla de indios por muchos años, la del “Señor de la Caída”, la “Del Tercer Orden”, “La Santa Escala de Cristo” y “El Cordón”, todas ellas muy bellas con pinturas, esculturas y ornamentos de joyas preciosas; todas con campanas que hacían sonar armónicamente; fueron tan famosas que un tiempo a la ciudad de Querétaro se le conoció como Querétaro de las campanas.
De mediados de los años 1600 a fines de 1700, se montaba en parte del atrio y huerto del convento de San Francisco la “Plaza de Toros”, ahí se dieron festejos taurinos en una plaza de madera que se ponía y quitaba. Existe un dibujo rescatado por David Wright publicado en su libro “Conquistadores Otomíes en la Guerra Chichimeca”, que ilustra un festejo taurino de esa época.
Las primeras corridas formales en nuestra ciudad y documentadas con registros del ayuntamiento, fueron durante la consagración del templo de La Congregación de la Santísima Virgen de Guadalupe los días 21 y 22 de mayode 1680 y descritas en el libro “Glorias de Querétaro” escritas en ese mismo año por Don Carlos de Sigüenza y Góngora, donde narra lo siguiente:
“Fabricose el circo taurino en la plazuela de San Francisco, siendo de don Juan Caballero y Osio cuanta madera fue necesaria para fabricar los tablados, los que se ocuparon con muy selecto concurso, sobresaliendo entre todos el que se destinó para el noble Ayuntamiento de la ciudad y para toda la congregación de presbíteros seculares de Nuestra Señora de Guadalupe… En las dos corridas se admiró la curiosidad del que todos los toros que se lidiaron fueron tan iguales en el color y las pintas, que no se diferenciaban en lo más mínimo los unos de los otros; fue esta una circunstancia que se arrebató los aplausos, y que pudo conseguir don Juan Caballero en la multitud de ganado que poseía en sus haciendas. Los toreadores desempeñaron su oficio con toda perfección y magisterio.
Ese mismo caballero repartió la carne de los toros en los conventos religiosos, el hospital, en la cárcel y entre los pobres. Para sacar a los toros muertos de la plaza, tuvo prevenido un hermoso tiro de cuatro mulas con gualdrapas, guarniciones y cabezadas de grana, ribeteadas con franjoncillos de plata, que se acompañaron de plumeros, cascabeles y campanillas. Todo ello se practicó como en la imperial Corte de México, con pompa y majestad”.
En 1737 para conmemorar la entrada del agua a la ciudad a través de nuestro famoso acueducto, se celebraron corridas de toros en esta plaza.

Años más tarde en 1797, para recaudar los cuatro mil pesos necesarios para la construcción de la Alameda Central en un terreno donado por don Ramón Samaniego, propietario de la hacienda de Carretas que estaba a un costado del acueducto y sembrar 1341 árboles, se llevaron a cabo 40 festejos taurinos en la ya en ese entonces llamada “Plaza Grande” ahí mismo en el atrio de la iglesia de San Francisco, con el permiso del Virrey Miguel de la Grúa y el Corregidor de Querétaro. Para 1804, Querétaro ya contaba con su hermoso “Paseo de la Alameda”.
La “Plaza de Abajo, Plaza del Recreo o Plaza Grande” dejó de funcionar en 1830 y su madera se ocupó en la restauración de la Real Fábrica de Tabacos de San Fernando que operaba en ésta ciudad.




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