Somos expertos en indignarnos… después. Nos llega la rabia como la señal de internet en zona rural: tarde, débil y con interferencias. Vemos cómo se desmorona Cadereyta de Montes y lo único que atajamos es el café del desayuno mientras posteamos con furia controlada. ¡Qué valientes desde el iPhone!
Porque seamos honestos: no proponemos, reaccionamos. No lideramos, replicamos. Nuestra estrategia consiste en esperar que el oficialismo diga barbaridades para entonces nosotros emitir comunicados desabridos, denuncias sin eco, y alguna que otra queja adornada de cifras que nadie revisa. El pueblo sufre, y nosotros… redactamos.
Somos tan previsibles que si desapareciéramos mañana, a nadie le sorprendería. Nuestra presencia es tan contundente como un susurro en un mitin. Nos quejamos de que “todo está mal”, pero no tenemos ni media idea para arreglarlo. Eso sí: lo que nos sobra es nostalgia. Extrañamos cuando éramos los buenos, cuando el pueblo nos seguía, cuando teníamos estructura. Qué tiempos aquellos…
Mientras tanto, MORENA avanza. Con errores, con excesos, pero avanza. Y nosotros aquí, atrapados en discusiones de café, peleando en grupos de WhatsApp y organizando reuniones que dan más pena que poder. No capitalizamos los errores del actual. Gritamos donde deberíamos escuchar. Callamos donde tendríamos que proponer.
El problema no es solo el oficialismo. El problema somos nosotros, la oposición decorativa, de cartón, de reposteo fácil y presencia nula. Porque Cadereyta de Montes no necesita más opinadores de sobremesa. Necesita líderes con columna vertebral, con ideas frescas y con el valor de construir desde el lodo.
Pero bueno, aquí seguimos: criticando, mirando desde la grada… y dejando que todo se queme, esperando que el humo huela a redención.
Yo, por ejemplo, ya me cansé de escribir.



