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Punto de Vista

El poder no se grita, se ejerce con humildad

Podrán decir lo que quieran de los presidentes municipales anteriores de Cadereyta de Montes, pero lo que vimos hace unos días raya en el absurdo autoritarismo.

La presidente municipal, en vez de acudir al diálogo con respeto y escuchar a la ciudadanía —como dicta una democracia— y mostrar apertura, su respuesta fue de lo más vulgar: “la única autoridad para destituir a alguien soy yo”, mientras se señalaba con ambas manos, como si el poder se llevara en los dedos y no en el servicio.

Ese tipo de gestos, autoritarios y ególatras, son el reflejo de una persona que se ha mareado con un poco de poder. Se le olvida que no está por encima del pueblo, que fue el voto de la gente lo que la llevó al cargo, y que la autoridad real emana del pueblo, no de su escritorio.

Ella misma andaba en campaña con la frase de “el pueblo pone, el pueblo quita”, pero al parecer solo lo decía mientras le convenía.

Y es que ese es el verdadero problema: cuando la mente es débil, cualquier sensación de control se convierte en soberbia.

Lo que debería ser una oportunidad de servir, se convierte en una pasarela de poder mal entendido. El poder no está para imponerse, sino para escuchar, atender y resolver.

¡Ay de Cadereyta! Lo que le espera a este pueblo que sí es bueno, que ha tenido paciencia, que sigue esperando que sus autoridades estén a la altura.

Siempre lo he dicho y lo sostengo: la alternancia es buena, porque hace que la gente compare lo que tenía y dejó ir con lo que ahora padece. Y cuando uno se da cuenta de eso, no hay poder que lo calle, ni dedos que le digan quién manda.