¿Han existido las leyes calladas del toreo en la Tauromaquia?
Con los ataques directos para desaparecer la tauromaquia del mundo, es tiempo de reflexionar, reconocer y actuar. No es tiempo de buscar culpables, es momento de ver hacia adentro y hacernos responsables.
¿Qué hicimos mal? ¿Qué le pasó a nuestra fiestabrava? ¿Qué alejó a la gente de las plazas de toros? ¿Qué vieron, sintieron, o dejaron de ver y de sentir esos aficionados que vaciaron los tendidos poco a poco?
No es momento de seguir viendo hacia afuera y reclamarles a las autoridades y a los antis por lo que pasó. Hagámonos responsables y hagamos un cambio revolucionario, pero desde adentro o resignarnos a verla morir.
La tauromaquia es un ritual sacrificial debidamente reglamentado por las autoridades, aunque también han existido otras leyes no escritas que equilibran el “Ritual y el Espectáculo”, como lo describe Fernando Fernández-Figueroa Guerrero en su libro “Las Leyes Calladas del Toreo”.
Vivimos rodeados y sujetos a normas jurídicas. No hay actividad humana que no necesite de la intervención de leyes, antes, durante o después de su realización. Desde que nacemos hasta que morimos, en todas las etapas de la vida estamos regidos por legislaciones que conservan los intereses generales de los ciudadanos y someten nuestras actuaciones y las suyas a normas jurídicas.
El problema surge cuando nos enfrentamos a laregulación del arte… del arte en abstracto; primero, por la subjetividad para definir qué es el arte, un concepto tan distinto en cada persona; y segundo, por la dificultad de regular lo que ni siquiera se puede definir.
Lo que sí es importante en la tauromaquia, que cada aficionado pueda distinguir claramente la diferencia entre los términos “lidiar”, en la que si se precisa una regulación y “torear” donde el arte lo es todo y donde no hay norma jurídica que valga. La lidia se ve y el toreo se siente… La lidia constituye para el toreo lo que el cuerpo para el alma. La lidia es el aspecto formal del espectáculo taurino y como tal si puede y tiene que ser regulada en cada una de sus fases.
La lidia se aprende, en cambio el toreo se transmite, y por eso, la poesía del toreo se crea a partir de la prosa de la lidia. Como decía Belmonte “El toreo al que le falta poesía no es toreo”.
El toreo tiene dos caras, la formal con los reglamentos que regulan y disciplinan la lidia en un espectáculo taurino, y la inmaterial, el toreo en su verdad y su entorno, que también se regula por leyes, sí, pero leyes naturales, jamás escritas y basadas en la tradición y costumbre, que constituyen pilares esenciales en la fiesta brava.
Existen muchos criterios para ligar los términos “ley” y “toros” sobre todo utilizando propuestas diferentes; es entonces cuando podemos hablar de:
El toreo de ley: es el toreo puro; el que cumple con los cánones clásicos aceptados deparar, templar y mandar. Es el toreo eterno; es el que gusta a todos; es el toreo que se hace con verdad y con el corazón desde la sabiduría,es el toreo que se combina en una mezcla perfecta entre “la temeridad del loco con los conocimientos del sabio”.
El toreo de ley no está reservado a los “que manejan la fiesta”, a los que solo muestran oficio sin nada más que añadir. El toreo de oficio puede entretener, a veces deleitar, pero no emocionar; eso está reservado para los toreros de arte y de poder. Gracias a los primeros el toreo es únicamente una fiesta de mérito; gracias a los segundos el toreo se puede convertir, además, en esencia pura, en una obra de arte irrepetible.
El torero de ley: Es el torero cabal, firme, valiente, sin fisuras, constante; el que cada tarde se la juega, el que no regatea esfuerzos ni en la lidia ni en el juego con la muerte. Es el profesional serio, seguro y responsable.
Siempre ha habido en el escalafón taurino, toreros que simulan una mala tarde cuando son ellos los que no han estado bien, sencillamente porque no quieren o no pueden.
Los aficionados hemos visto tardes a algunos toreros que han “hecho malo al toro”, ya sea porque le han dadouna lidia errónea de forma, voluntaria o involuntariamente y han disfrazado su mal quehacer torero bajo la excusa de que el toro no era bueno. Toros que fueron bien lidiados por la cuadrilla y que, al llegar al tercio de muleta, el espada da un muletazo arriba, un recorte por abajo, está descolocado en la cara, se ve fuera de sitio y solo da trapazos por arriba, y provocan que el toro se vaya sin mostrar lo que traía; y además con la apariencia para los no conocedores de que “el toro no servía”.
El torero de ley es esa clase de toreros que algunas veces les salen mal las cosas, precisamente porque no saben torear mal. Es el que hace las grandes obras de las que hay poco que contar porque su toreo habla por sí solo y no se puede reproducir ni explicar para el que no las haya visto. En el torero de ley se confunde y conjuga la apariencia y la realidad de ser torero sin adornos, ya que no los necesita.
Los toreros de ley, pasan a ser considerados “Toreros de época” como un reconocimiento a su trayectoria, entendiendo por ello a aquellos privilegiados que han revolucionado cada cierto tiempo los cánones de la tauromaquia, que han hecho algo más allá de lo que hasta ese momento existía en los ruedos. En ésta apreciación cada aficionado tiene sus preferencias y podrá poner y quitar toreros según sus gustos.
Con la evolución del toreo en el siglo XX, ha habido toreros de época como podrían ser Joselito “El Gallo”, Juan Belmonte, Manuel Rodríguez “Manolete”, Manuel Benítez “El Cordobés”, Paco Ojeda, Julián López “El Juli”, y José Tomás.
El toro de ley: Es bravo pero noble, encastado, boyante en la embestida y empleándose a fondo, con pujanza y acometividad en todos los tercios de la lidia.
El toro de ley, a diferencia de la creencia de algunos taurinos, que lo que se torea son las reacciones de un animal salvaje, no su estampa ni volumen, como lo escribe Gregorio Carrochano Ortega en su libro “¿Qué es torear?” tiene que acompañar su comportamiento con un físico adecuado, lo que se describe como “edad y kilos” y que actualmente llamamos trapío, que también por lo difícil de su definición porque su apreciación es subjetiva, se puede resumir en: “un toro serio”.
Rafael “El Gallo” afirmaba que lo decisivo en la lidia son las reacciones del toro y no su volumen, comentaba que: “En la lidia manda el toro, y el torero debe hacerse cargo rápidamente de cuál es la lidia que necesita y darle enseguida la que pide”. Cuando el toro tiene más edad, más le gusta dominar en el ruedo y más difícil es dominarlo.
Ese toro de ley es el que los ganaderos quierentener en sus potreros padreando a sus vacas y, si no ha podido ser por no ganarse el indulto, entonces que muera con los honores de “la vuelta al ruedo” en una plaza de toros.
La bravura en el toro como instinto defensivo de ataque de un animal territorial, manifestado con franqueza y poder en todos los tercios ha evolucionado como la fiesta misma, llegando a veces a cambiar por completo.
Las cruzas y selecciones genéticas realizadas durante décadas buscando un proceso “civilizador” del toro, ha conducido de resaltar su bravura y fiereza, a buscar la nobleza, “la toreabilidad” del animal, o lo que algunos llaman “dejarse torear”.
El toro bravo es la única subespecie animal destinada a ser presa, que vuelve al mismo sitio donde se le ha infringido daño y dolor, aun teniendo la libertad de huir.
No hace falta más que ver un tentadero de machos a campo abierto. Cuanto más castigo, más bravura… Ese es un toro de ley.
El aficionado de ley: En todas las plazas existe un grupo reducido de aficionados que, de forma silenciosa y discreta, saben interpretar lo que está sucediendo en el ruedo en todos sus aspectos. Suelen ser comprensivos con toro y torero por haberse puesto enfrente de un burel bravo alguna vez en su vida.
Su petición de trofeos a toro y torero suelen tener un peso específico en todas las plazas… y no me refiero al nuevo aficionado medio enterado o vanidoso de sus conocimientos, sino al verdadero aficionado a los toros que asiste a la plaza con total respeto, pero con una alta capacidad crítica.
Domingo Ortega decía que: “Hay dos tipos de aficionados, el que va a divertirse y el que va a emocionarse” y Francis Wolff explica que: “La diferencia entre el mero espectador y el aficionado es que aquel únicamente ve el peligro cuando el espada hace para mostrarlo, mientras que el aficionado ve el verdadero peligro, aunque el torero no se lo esté mostrando”.
Ahora bien, si cambiamos el orden de laspalabras, también podemos mencionar las otras “leyes” implícitas en el toreo y son:
La ley del toreo: más que ley es una máxima, una norma natural ajena a la propia voluntad del hombre. El toro es el que pone a cada quien en su lugar; el hombre propone, Dios dispone y el toro lo descompone; por eso, en el toro todo debe estar aprendido y preparado, pero, a partir de ahí, nada puede estar planeado.
Esa es la Ley del Toreo, una ley que coincide con su verdad, con la ética y moral de todas las tauromaquias, que no es otra cosa que entrar a matar un toro jugándose la vida, no sin antes parar, templar y mandar.
La ley del torero: se aplica al número uno y a los primeros del escalafón taurino. Son los que cada década mandan en el toreo; dominan, imponen, obligan, igual que una ley. Eligen ganaderías, plazas, fechas y alternantes. Sin embargo, la grandeza de un torero no se mide por sus estadísticas, sino por la intensidad y,sobre todo, regularidad en saber expresar sensaciones a los tendidos.
Otro sentido de la ley del torero es cuando él, imprime su conocimiento, valor y técnica ante el toro durante la lidia, en otras palabras, le impone su ley. Por eso, cuando el toro sale a la plaza casi todo el ruedo es suyo y el matador lo recibe pegado a tablas, para dominar ese escaso terreno, y poco a poco, echando “la pata pa´lante”, ir ganándole terreno al toro.
La igualdad de fuerzas y el dominio del espacio se decide en el tercio de muleta. Allí, en mitad del ruedo, los dos solos, uno frente al otro, dominando cada uno la mitad del ruedo; y, al final, casi siempre el hombre gana la pelea y esel dominador del toro y de todos los terrenos,cuando el burel ocupa la parte del terreno de tablas en el que se ha refugiado, esperando la muerte.
La ley del toro: Es lo opuesto a la ley del torero. Es el toro que ha impuesto su ley y es el dominador en la faena y de todos los terrenosen el ruedo. Impone su bravura o su mansedumbre. Es esa sensación en los tendidos ante un toro que manda en la plaza, que está por encima de los toreros. Es el que se hace aplaudir por su bravura y transmite miedo o peligro, ya sea por su dificultad para lidiarlo opor el peligro de su mansedumbre.
La ley del aficionado: Los aficionados a veces actúan como las modas, de forma caprichosa, aleatoria y cambiante… La afición puede imponer su ley a través de sus preferencias, ya sea de ganaderías, o de toreros. El aficionado impone su ley y la empresa tiene que responderle. El aficionado es el que llena la plaza y el que paga, por lo tanto, el que decide; aunque en la actualidad domina la ley del empresario, que a final de cuentas es el que escoge el cartel y las ganaderías.
En el fondo es la ley del aficionado la que debería dar o quitar a los toreros, encumbrándolos hasta las más altas cimas, o hundiéndolos en los últimos puestos del escalafón y del olvido.
Lamentablemente es una ley actualmente opacada y callada con el pretexto de que “ed lo que hay”, pero sigan retratándose en la taquilla para defender la tauromaquia.
Muchas gracias.




